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Soria

Soria

Algún tratadista apunta que es aragonés, pero la mayoría indica como cuna la Ciudad de Soria, versión avalada por hallarse dicho apellido como descendiente de uno de los «Doce linajes de Soria . Este apellido probó su hidalguía y nobleza de sangre: don Alonso de Soria, en 1.608, don Francisco de Soria, en 1.679: doña Ana, doña Antonia y don Manuel de Soria, en 1.791 fueron admitidos en el Estado noble de la villa de Madrid. Don Francisco de Soria y Moya y don Leonardo de Soria Camargo ingresaron en la Orden de Calatrava. Don Francisco de Soria y Soria, perteneció a la Real Orden de Carlos III. El rey Felipe V otorgó el Marquesado de Villahermosa de Alfaro a don Jerónimo de Soria y Velázquez, Oidor Decano de la Audiencia de Méjico. Armas: En campo de azur, un sol de oro.

Soria

Escudo de Soria

En gules un castillo de piedra aclarado de azur. Bordura de plata anagramada con la siguiente leyenda: «Soria pura cabeza de Extremadura».

Heráldica Geográfica

Las armas de Soria

Soria, la de los doce linajes. La ciudad en la ribera del padre Duero, abierta entre los cerros y el cielo. La de los dos poetas Gustavo Adolfo Bécquer y Antonio Machado. Ambos la cantaron, más el segundo que el primero. Pero hubo también otros escritores que dedicaron bellas páginas a Soria: Unamuno, Azorín y Gerardo Diego. Ahora bien, sobre todos ellos, está la sombra de Antonio Machado, el que paseaba en solitario, el camino que conduce a San Saturio.

Una ciudad de origen un tanto incierto, aunque se sabe que fue árabe, conquistada por los invasores musulmanes y que la primera vez que se hace mención de su nombre es allá por el año 868.

Pero antes, mucho antes de existir Soria como ciudad, ya se levantaba otra población cuyo nombre basta para que de inmediato se sienta admirado todo aquel que respete el valor y el sacrificio llevado hasta sus últimos límites, todo aquel que aliente dentro de sí el grito de libertad de los pueblos, todo aquel que prefiera la muerte a la esclavitud.

Un nombre, uno sólo, lo revela todo: Numancia.

Invisible monumento al valor humano. Sus ruinas se encuentran a ocho kilómetros de Soria capital y en al año 1.882 fueron declaradas monumento nacional.

No es para menos. La dominación romana se extendía por toda la Península Ibérica y todas las tribus autóctonas iban rindiéndose ante la fuerza del invasor. En el año 153 antes de Cristo, todo el peso de Roma cayó sobre la ciudad que se negaba a ser dominada y que sin detenerse ante su increíble inferioridad frente a las águilas romanas prefería la guerra antes que una posible esclavitud. Y ocurrió lo increíble. Que lo que en principio los cónsules romanos consideraron tarea fácil, se convirtió en una guerra que duró veinte años. Durante este tiempo se fueron sucediendo los generales romanos y uno tras otro fueron vencidos por los numantinos. Y así año tras año, firmándose de vez en cuando tratados que Roma jamás cumplía. Hasta que en el año 133 llegó a España el cónsul Escipión, llamado, «el Africano», el Vencedor de Cartago, que levantando campamentos en torno a Numancia se dispuso a rendirla por hambre. Por fin cayó Numancia.

Pero los romanos no entraron como vencedores, porque los numantinos prefieron prender fuego a su ciudad y morir entre sus ruinas antes de rendirse.

De su nombre original, poco puede decirse, ya que los datos son muy confusos. Quizás Soria venga del latín Dauria (Duero) pero nada puede asegurarse. La reconquista de la ciudad es también bastante incierta ya que mientras en algunos textos se da como efectuada por Alfonso «el Batallador», rey de Aragón, en otros se cita al conde Fernán González como el verdadero conquistador de la población, siendo así que el rey Alfonso fue el que algunos años más tarde inició su repoblación. No se puede conceder crédito total a la versión reflejada por algunos cronistas cristianos del siglo XIII al indicar que en los campos de Calatañazor, las huestes cristianas compuestas por castellanos, leoneses y aragoneses derrotaron al caudillo árabe Almanzor, en el año 1.002. Ciertas contradiciones y anacronismos hacen dudar de la autenticidad de esta batalla, que no queda reflejada en ninguna de las crónicas árabes que únicamente dicen que Almanzor regresó enfermo de una de sus campanas y murió en Medinaceli.

Ramiro II, el Monje, cedió Soria a Alfonso VII de Castilla, pero en 1.256 Alfonso X la dotó de un importante Fuero. A la muerte de Pedro I de Castilla, Enrique de Trastamara, al que se habían opuesto los habitantes de Soria, la cedió al francés Beltrán du Guesclín, el innoble caballero que pronunció aquello de : «Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor», cuando viendo al bastardo de Trastamara debajo del rey don Pedro, agarró a este para colocarlo debajo y que así Trastamara pudiera apuñalarlo a placer. Los sorianos no estaban dispuestos a tener como Señor a semejante individuo con lo cual el francés, que la había recibido gratis, hizo el negocio vendiéndosela al mismo monarca que se la había regalado.

Pasó el tiempo y en 1.330 fue sede de Cortes convocadas por Juan I. Por su situación geográfica fronteriza entre Aragón, Castilla y Navarra, y, sobre todo, al albergar una numerosa población judía, Soria se convirtió en un importante núcleo urbano iniciando un importante desarrollo comercial. Pero a partir de los Reyes Católicos, Soria inicia su declive y su decadencia motivada por la expulsión de los judíos ordenada por aquellos monarcas. Pero esto no sucedió exclusivamente en Soria, sucedió en toda Espana que entró en una fase de despoblación a partir de aquel suceso. Para agravar la situación soriana, se inició la emigración de la nobleza a la corte, en el siglo XVIII. Durante la guerra de la Independencia, Soria organizó un regimiento dispuesta a enfrentarse a los invasores franceses. Ocupada por las tropas napoleónicas, la ciudad fue saqueada y virtualmente arrasada, con un incendio que redujo a cenizas a más de trescientos edificios.

En lo alto, los cuatro escudos de las cabezas de patido y en lo bajo, los nueve escudos de los famosos doce linajes de Soria.

Con la brevedad que el espacio impone, esta es, en breves líneas la historia de Soria. Pero existe otra historia, aquella que se refiere a su pasado de esplendor, y que lo revelan las numerosas muestras del románico, exposición de arte que perdura a través de los siglos. A Soria se la llama «La ruta del Románico» y es verdad. Menudean las iglesias, las colegiatas y como broche de oro, la magnífica catedral de Burgo de Osma. Se vaya por donde se vaya, el románico sale al paso del visitante. Y existe también la Soria de los palacios y basta con citar al de los condes dc Gómara. La ciudad entera es un monumento.

Antonio Machado, sin ser soriano, cantó a Soria y las más hermosas páginas de su obra están dedicadas a la ciudad que tanto amó.

En la desesperanza y la melancolía de tu recuerdo, Soria, mi corazón sa abreva ¡Tierra del alma toda, hacía la tierra mía por los floridos Valles mi corazón te lleva!

Transcurre el río Duero pasando por tierras sorianas hasta llegar a la villa de Almazán, de su pasado conserva restos de murallas romanas. Alfonso «el Batallador» quiso rebautizar esta ciudad llamándola Placencia, pero el nombre no prosperó, subsistiendo el de Almazán. Es una villa donde las iglesias romanicas, algunas del siglo XIII, alternan con los palacios. En las primeras, ninguna como la de San Miguel, en la Plaza Mayor, uno de los monumentos románicos más importantes de la provincia. Respecto a los palacios, fuerza es citar al de Altamira cuya parte más antigua data del siglo XV. Siguiendo el curso del Duero se llega a la villa de Berlanga, dominada por su magnífico castillo, siendo su principal atracción su colegiata, edificada en el año 1.526, en estilo gótico. Nueve kilómetros más al Sur se halla la famosa ermita de San Baudilio, de estilo mozárabe, de principios del siglo XI, el más antiguo santuario cristiano de la provincia.

Burgo de Osma es una de las más más antiguas sedes episcopales de España, cuya fundación data de la época visigótica. En el lugar que ocupa su actual catedral existió un templo mucho más modesto, románico, a principios del siglo XII. Sería en vano hablar de las bellezas de esta catedral; hay que verla.

Las excelencias de la Villa de Burgo de Osma se extienden a la portada del Palacio Episcopal, la iglesia de las Carmelitas, el Hospicio y a la entrada de la Villa, la Universidad de Santa Catalina fundada por el obispo Acosta entre 1.551 y 1.554.

Hacia el Oeste se encuentra San Esteban de Gormaz, villa fortificada con iglesias románicas y un castillo árahe. No muy lejos de Burgo de Osma, un maravilloso paisaje. El cañón del río Lobos.

Medinaceli, a cuya entrada se levanta el gran arco romano, obra del siglo II después de Cristo. Desde el lugar que ocupa se observa todo un paisaje con el recuerdo de su época medieval y guerrera. Medinaceli la antigua Ocilis de los romanos, en el ano 153 antes de J.C. con la llegada de las legiones del cónsul Quinto Fulvio; y más tarde, la ciudad mora de Medina Selim, lugar donde murió el caudillo árabe Almanzor. Bella ciudad monumental que conserva muchos recuerdos de su pasado.

Agreda fue una pieza muy importante, que en el año 915 fue conquistada por Sancho Abarca y más tarde, en 1.119 Alfonso «el Batallador» inició su repoblación. Con un pasado moro del que se conserva un buen trozo de muralla y dos puertas. Su pasado hebreo también se hace presente con el barrio de la judería y un templo del que se afirma fue sinanoga. Y están sus iglesias románicas, algunas de las que, lamentablemente, subsisten pocos restos, como la de los Templarios, pero otras sí que están mejor conservadas y en ellas puede admirarse todo el románico en su esplendor.

Pero Soria todavía tiene más alicientes: sus pinares, con el pueblo de Vinuesa un lugar encantador, límpio, construido con amplio derroche de piedra. Lugar desde el que puede visitarse la Laguna Negra, rodeada de pinares, árboles que en nada tienen que envidiar a los de los bosques del Norte de Europa. Casas antiguas y señoriales que hablan de un pasado de nobleza. Morón de Almazán, San Leonardo, Ucero, y el pequeño pueblo de Calatañazor, surgido en la Edad Media.

Cada paso por la provincia de Soria es enfrentarse a un momumento del pasado. Imposible describir todos. Que, como último dato, la referencia al Monasterio de Santa María de Huerta, en el valle del Jalón, fundado allá por el año 1.172. Penetrar en el vetusto monasterio es tanto como hacerlo en un mundo de ensueño, acaso de leyenda.

Pero de leyenda viva ya que se trata de una joya, quizá la más principal, de la arquitectura cisterciense. Su fundación se debe al rey Alfono VII. Su exterior conserva, inmaculada, su primitiva fisonomía.

Así es Soria. Un pasado que se contempla con respeto y admiración. Pero también, y hay que decirlo, con pena. Porque son muchos sus castillos que se derrumban sin que se haga lo más mínimo para conservarlos. Soria posee una infinita, incalculable riqueza monumental y pensar en cuanto se ha ido perdiendo produce tristeza. Queda mucho, muchísimo. Pero si no se adoptan los remedios y medidas necesarias que su conservación requiere, todo se irá perdiendo y una vez que esto suceda, ya nunca podrá ser recobrado.