Press ESC to close

Arias

La estirpe de la Casa de Arias

Su origen, historia y hechos

España siempre fue pueblo de paso para las consiguientes invasiones, unas veces venidas de África, llegando a la península cruzando el estrecho de Gibraltar, otras por la vía marítima del Mediterráneo, con el desembarco en nuestras costas y otras, pasando los Pirineos para esparcirse por España.

De los tiempos antiguos hay que recordar a los cartagineses y más tarde, a los romanos. Ciertamente debemos mucho a estos últimos, que si bien fueron conquistadores, no dudaron en cruzarse con los naturales del país y lo que es más importante, dotarnos de lengua y cultura, así como de leyes.

Pero todos los imperios tienen un momento de auge y otro en el que, inevitablemente, se inicia su Caída.

El Imperio Romano no podía escapar a esta regla universal. Así, en el siglo V, en el último periodo de la dominación romana en España, cuando ya el imperio se encontraba en plena decadencia, muchos pueblos del centro de Europa, los denominados «Bárbaros» y que constituían diversas ramas de una misma nacionalidad teutónica, cruzaron los Pirineos para invadir la Península.

Fueron estos, los vándalos, los alanos, los suevos, y los godos. Todos se fueron instalando en la tierra hispana por el derecho de conquista, o sea, por el muy discutido derecho, si es que así puede llamarse, del más fuerte. De todos estos pueblos, los únicos que quedaron para formar una monarquía fuerte y vigorosa unificadora de la Península, fueron los godos.

Pero antes de que tal cosa sucediera, los suevos se habían ido extendiendo sucesivamente por Portugal, Galicia y parte de la región de Extremadura. Por lo que se sabe, uno de los monarcas suevos se llamó Aria Miró, que floreció a fines del siglo VI, y es el primero que aparece en la historia patria con el nombre de Ária, del cual no es sólo posible, sino cierto, que debió derivarse el patronímico Arias, que equivale a descendiente de Ária.

Por tanto, y a la vista de los anteriores datos, parece indiscutible que el linaje Arias tiene su procedencia en una casa real. Que después, Arias se ha usado indistintamente como nombre, o como apellido, ya es otra cosa.

Pero de Aria Miró procedió, según la mayoría de los genealogistas, una casa de este mismo nombre, que no sólo sostuvo el esplendor regio del monarca así llamado, sino que pasó a los godos, cuando estos o bien vencieron, o bien absorbieron, a los demás pueblos teutónicos invasores de la Península Ibérica, ya que contrajeron alianzas con ellos a través de enlaces matrimoniales, que llevaron a que sólo quedara un reino, el godo.

Con la llegada de los moros a la Península, facilitada por los motivos que ya explica la historia, (aunque existen muchas versiones sobre el hecho, entre otras, aquella de que el que les facilitó la entrada en España fue el conde don Julián, ofendido porque el rey don Rodrigo había violentado a su hija), la monarquía visigoda libró la batalla desastrosa de Guadalete, durante la cual fue traicionado por parte de los suyos, que se unieron a los invasores (los hermanos de Witiza, Siberto y Oppas que mandaban las alas del Ejército del rey Rodrigo).

La leyenda en torno a este rey, continuó hasta después de su muerte. Las fuentes árabes lo dan por muerto en la batalla.

En la Crónica del rey Alfonso III, en el siglo IX, dice que al repoblar el reino de Asturias, se encontró un sepulcro en el cual se decía: «Aquí yace Rodrigo, rey de los godos».

De esta leyenda nace la versión de que sobrevivió a la batalla de Guadalete y que se refugió en Portugal, en cuyo reino, arrepentido de sus pecados, se hizo ermitaño hasta su muerte y que cuando esta llegó, tocaron solas las campanas de una ermita anunciando la entrada en el cielo del gran pecador, ya purificado.

Dejando aparte del cuándo, cómo y en qué circunstancias muriera el rey don Rodrigo, se continúa diciendo, que los descendientes de la casa de Aria Miró fueron de los primeros que se unieron a don Pelayo, refugiándose en las ásperas montañas asturianas, a fin de reorganizarse e iniciar la reconquista del territorio patrio.

En efecto, las huestes de este caudillo ofrecieron tan fuerte resistencia a los árabes, que estos pocas veces osaron introducirse en las montañas de Asturias, lo que concedió el tiempo que precisaban Pelayo y los suyos, para ir poco a poco fortaleciéndose, y poder así atacar a su vez a las huestes moras.

En estos combates se distinguieron como osados y valientes capitanes el conde Arias Pérez y su hijo Arias Fernández, descendientes del expresado linaje de Aria Miró. Como se ve, y esto puede comprobarse fácilmente con la lectura de la Historia de España, en un comienzo Arias fue nombre: tan sólo ya muy entrada la Edad Media, se convirtió en apellido.

El solar más antiguo que se conoce de este linaje, estuvo radicado en las montañas del reino de León, de donde procedieron, además de los expresados, otros muchos caballeros que continuaron la línea de sus antepasados en sus luchas contra los moros.

De esta casa partieron numerosas ramas que, dieron origen a otras muchas, como por ejemplo, los Arias Montano, los Arias de Saavedra, Arias de Somoza y otras.

Ya, por el año 963, don Ramiro Núñez de Prado casó con doña Molina Arias, hija única de Arias Carpento, y los descendientes de este enlace, aún conservando el nombre de Arias, tomaron las armas de los Prado.

Antes lo hemos citado: uno de los personajes más famosos de este linaje fue Benito Arias Montano, el gran humanista español, nacido en Fregenal de la Sierra en el año 1.527 y fallecido en Sevilla en 1.598.

Fue capellán real durante el reinado de Felipe II, y estuvo a punto de ser encarcelado por la Inquisición, acusado de desdeñar la Vulgata y ser judaizante y aunque tuvo que soportar un proceso, fue declarado inocente de los cargos que se le imputaban.

El rey le confió la dirección de la Biblioteca de El Escorial y varias comisiones a Lisboa y otros lugares. Cuando se disponía a retirarse a la Cartuja de Sevilla, le sorprendió la muerte.

Armas: Escudo mantelado: 1º; de plata, una cruz llana de gules. 2º; del mismo metal, un águila exployada. 3º; de gules, un castillo de plata.